sábado, 9 de enero de 2016

Raúl Teixidó / Las mujeres solitarias de Jean Rhys

Ilustración de Triunfo Arciniegas

Raúl Teixido
Las mujeres solitarias de Jean Rhys

Dentro de la narrativa de la primera mitad del Siglo XX, es de rigurosa justicia destacar el nombre de Jean Rhys (1894-1979), escritora inglesa que se dio a conocer entre 1927 y 1939, con cinco novelas breves, y se sumió luego en un largo silencio –27 años, ni uno menos—durante el que fue virtualmente relegada al olvido. Tras aquel prolongado paréntesis, reapareció, ya en plena madurez, con una novela que se haría famosa (El ancho mar de los Zargazos) y un volumen de cuentos, que supusieron una tardía restauración de su prestigio literario.


Las novelas del período de entreguerras a que aludimos, constituyen, sin embargo, el “centro de gravedad”, por así decirlo, de su obra. Superaron, con creces, la prueba del tiempo, concitando el interés de la crítica, que puso de relieve, junto a su perfecta ejecución, su moderna mentalidad, su espíritu: de hecho, podrían considerarse un nítido precedente de la novela existencialista (lo que permitió que un lector de los años 60 estuviese en posición más idónea para comprenderlas que sus contemporáneos de hacía tres décadas).

Exceptuando su primer libro (La orilla izquierda, 1927) –relatos acerca de la bohemia parisina, que la autora conocía muy bien—las cuatro novelas que siguieron, reproducen, curiosamente, el perfil de un personaje de similares características, que atraviesa un período crítico de su vida: una mujer, en el ecuador de su vida, lúcida y desengañada, que pugna por sobrevivir en un entorno declaradamente hostil, con las únicas armas de un orgulloso menosprecio y un declinante charme personal.

La primera comparescencia de esta protagonista reiterativa, descrita con profundidad y envidiable sutileza, tiene lugar en la novela Cuarteto (1928).

Se llama Marya Zelli, vive en Londres y París, sucesivamente, conforme lo determinan los avatares de su existencia, precaria y poco edificante, en términos generales: su marido reaparece en su vida para luego abandonarla y, después, un amante decide hacer lo propio. Sus frágiles recursos para sobreponerse a la adversidad y su casi morbosa “sumisión” ante los acontecimientos, le impiden encontrar una salida. Hundida anímicamente, sin amigos ni afecto, acabará prostituyéndose.

En Después de dejar al Sr. Mackenzie (1930), este fantasma se reencarnará, por decirlo de algún modo, en Julia Martin. Abandonada por su “protector”, se reduce a malgastar su tiempo en encuentros ocasionales con desconocidos y a beber, a solas, en su habitación de un hotelucho del Quai des Grands Augustins. Agotado el dinero que le dio, por última vez, el distante Sr. Mackenzie –a quien no volverá a ver—frecuenta lugares de baja estofa y lúgubres pensiones; a medida que transcurren los días, se le hará más difícil ocultar su insolvencia y su adicción a la bebida, abocada a una progresiva e irremediable degradación.

Anna Morgan (su alter ego, según nuestro punto de vista), corista de una compañía teatral ambulante (Marya Zelli, de Cuarteto, también lo había sido en cierta época), convive con el hombre que la sedujo en su adolescencia (Viaje a la oscuridad, 1934). Y, de igual modo que sus antecesoras literarias, pese a presentir que un día u otro aquel inescrupuloso sujeto la dejará, se reconoce impotente para plantearse alguna alternativa de futuro en dichas circunstancias.

Con la indolencia y el patetismo propio de los “perdedores”, vive la angustia de un declive anticipado. Convaleciente de un aborto, en un hospital de la Sanidad Pública, el médico que la atiende, ajeno a los hechos, declara: “Quedará perfectamente, señora. Lista para volver a empezar…” Sin atisbo de porvenir y a punto de ser devuelta al infierno cotidiano de la lucha por la vida, estas palabras, por su impremeditada y lapidaria ironía, pesan como una losa en el corazón de Anna.

Buenos días, medianoche (1939), cuarta y última novela del ciclo, no por casualidad lleva un título tomado de unos versos de Emily Dickinson, la poetisa de la melancolía.

Sophia Jansen (así se llama ahora nuestro personaje), tras una juventud accidentada, se encuentra a las puertas de una madurez que adivina amarga y solitaria. Deambula por calles y plazas, sin objeto preciso, y regresa cada noche, con una enorme sensación de derrota, a su habitación, que para ella representa algo así como un seno materno o una madriguera. Entre gigolòs e intelectualoides que la aburren hasta la desesperación (quienes, a su vez, se marchan cuando se han hartado de su compañía), en el umbral de su incuestionable decadencia (“hay una cosa que se llama espejo”), acabará por convivir con un desconocido que vive en la misma pensión, un vecino de escalera, sujeto irrelevante, sin nada que ofrecerle, excepto su propia indigencia y precariedad. Una nueva herida (¿la última?) que, pese a todo, ya no parece causarle daño.

Se ha observado, atinadamente, tal como adelantamos que, bajo la fisonomía espiritual de estas cuatro mujeres, subyace una única identidad, con ligeros rasgos diferenciales. Entre las vidas de Marya Zelli y Anna Morgan existe, en efecto, una perfecta solución de continuidad; ambas, a su vez, se entremezclan con la de Julia Martin, en cuyo pasado existió también un marido, alguna que otra aventura sentimental y hasta un hijo, prematuramente fallecido… Extremos, por otra parte, compatibles con la “biografía” mínima de Sophia Jansen, carente de opciones, deprimida y de frágil salud.

La vulnerabilidad y la ausencia de un proyecto vital plausible (agravadas por el hecho de encontrarse próximas a las horas crepusculares de su existencia), representan una constante en la trayectoria de estas modernas heroínas de bulevar. Y también su inútil intento de aceptar los “roles sociales”, tal como vienen asignados, en un universo convencional que les repugna. “No sirve de nada querer adaptarse, hay que haber nacido con esa mentalidad”: una frase que cualquiera de ellas podría suscribir.

Anna Morgan es una muchacha “temblorosa y soñadora”, cuya indolencia determina que las circunstancias gobiernen su vida; en la mirada esquiva de Julia Martin se advierte que “jamás podría triunfar en una carrera azarosa, por muy dispuesta que se encontrase a ser astuta y actuar sin escrúpulos, como hacen todos los seres débiles en su lucha por sobrevivir, sin que los fuertes los dominen y subyuguen”.

Todas ellas, en algún momento, consiguen mantener un precario equilibrio, treguas de corta duración, casi siempre finalizadas de modo abrupto. Una especie de “juego ruin” que las condena a subsistir a cualquier precio –a la postre, siempre el mismo: la autodestrucción–, es decir, la pérdida definitiva de la “sabiduría y el alma” que, en la práctica, se traduce en una vida sin objeto, inútil y vacía.

Tarde o temprano, todas ellas experimentan la desasosegante sensación de no pertenecer a ninguna parte, de encontrarse a la deriva, ajenas por completo incluso a cuanto hasta hacía poco tiempo podían considerar, en cierta medida, suyo o personal. “No tengo orgullo, ni nombre, ni rostro, ni país. No soy de ninguna parte –reflexiona Sophia Jansen–. Soy como una de esas pajas que flotan al borde de un remolino y que, poco a poco, son llevadas hacia el centro, que las engulle. Al centro muerto, donde todo está en calma…” Julia Martin, a su vez, anhela solo caminar en línea recta hasta un sitio fiable y seguro, pero su recorrido es sinuoso y vacilante, a su pesar, un círculo que la devuelve inexorablemente al punto de partida. Sophia, la silenciosa inquilina del cuarto piso, primera puerta a la izquierda, a quien ya conocemos, recorre las calles de todas las tardes, de todas las horas, atenta únicamente al curso de sus sombríos pensamientos: “Volver al hotel. Al Hotel de la Llegada, al Hotel de la Partida, al Hotel del Futuro… De regreso al hotel sin nombre, en una calle sin nombre…”

Julia se siente “a salvo” encerrándose en su dormitorio; Sophia duerme los domingos durante quince horas seguidas, soñando con no despertar. “Este maldito cuarto –se dice, en cuanto abre los ojos–: Es igual a todos los cuartos en los que he dormido, como lo son todas las calles por las que he caminado… El olor a moho, los bichos, la soledad… Este cuarto, que es parte de la calle, es todo lo que quiero de la vida…”

Cafetines de Montparnasse (cuando el hambre aprieta y es preciso captar algún cliente), hoteluchos de la Rive Gauche, pensiones del “literario” Bloomsbury, habitaciones en los aledaños de Notting Hill Gate y su depauperada población de ciudadanos de “segunda clase”. París, Londres: campos de batalla urbanos, de neón y concreto, en los que estas mujeres tejen y destejen las horas y los días de sus vidas desperdiciadas, inmersas en una sensación de extrañeza (concepto que, muchos años después, pondría en boga el existencialismo), de pérdida de sus propias señas de identidad (es decir, alienación pura y dura, en el sentido marxista del término).

Esfinges sin secreto que han renunciado a sus sueños y viven, hasta cierto punto, una existencia “prestada”, a la que se añade el don inservible de un tiempo sin contenido ni ilusiones. Cada nuevo día, descienden un peldaño más hacia su hundimiento definitivo. Sus emociones, su capacidad afectiva, no encuentran destinatario…

¿Puede sorprendernos que, víctimas de una severa indigencia espiritual, y ante un “porvenir” presumiblemente desfavorable, en el alma de estos personajes vaya cobrando carta de naturaleza, poco a poco, la idea del suicidio?

“La semana que viene, el mes que viene, el año que viene, me mataré –piensa Sophia Jansen–. No hay apuro, tengo la eternidad aguardándome”.

Marya Zelli, Anna Morgan, Julia Martin, Sophia Jansen son, incuestionablemente, mujeres de ninguna parte, a quienes podemos imaginar, recorriendo con su andar cansino, calles y plazas, bajo la llovizna, o deteniéndose unos momentos, a la luz de las farolas, para encender un cigarrillo, en el anochecer otoñal de cualquier ciudad cosmopolita.


Entrañables en su callada desesperación, en su irrenunciable dignidad, asomadas al ocaso de sus vidas –nada mezquinas, ni vulgares, porque sus almas tampoco lo son–. Corazones cálidos, incluso generosos, cuyo íntimo fulgor, sin embargo, nadie ha sido capaz de percibir. Comparables a personajes de una tragedia, que acaban por metamorfosear el estigma de la fatalidad que las acompaña, en una forma de existencia, acaso la más desgarradora, una especie de mal du siècle para el que no hay paliativos, que las aniquila impunemente en la superpoblada jungla de las grandes urbes.

Por encima de feminismos avant la lettre (reducidos, con frecuencia, a decepcionantes simplificaciones), más allá de modas literarias perecederas, Jean Rhys, autora de culto, describió con tono magistral a un conjunto de personajes, verosímiles, inmediatos, en situaciones-límite, (que trascienden, además, las referencias de época que les son afines), determinando que su breve bibliografía –en especial, la del período reseñado, 1927-1939—posea el indiscutible valor de una rara gema, a lo que sin duda contribuye una prosa impecable, dúctil y plena de vida.

El crítico Francis Windham, tardío “descubridor”, como tantos otros, de la obra rhysiana, manifiesta: “La elegante superficie y el fondo paranoico, la brutal honestidad de la psicología femenina y la acallada nostalgia de una belleza perdida, producen, en conjunto, un efecto incuestionablemente actual”.

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