martes, 31 de marzo de 2015

Abel Ferrara / Welcome to New York

La historia de DSK, “censurada” en Estados Unidos

Abel Ferrara, director y productor de 'Welcome to New York', alega que los cortes realizados a la película cambian totalmente el contenido político de la cinta


Gérard Depardieu en 'Welcome to New York' de Abel Ferrara
El actor Gérard Depardieu, en una imagen de 'Welcome to New York', de Abel Ferrara.
La imagen de Gérard Depardieu desnudo abalanzándose sobre una camarera negra que acaba de entrar para limpiar una suite en un hotel neoyorquino ya no es un relato vivido sino un flashback. Wild Bunch Vincent Maraval, la compañía encargada de distribuir la cintaWelcome to New York, decidió recortar 15 minutos de la película del productor estadounidense Abel Ferrara y reeditar algunas escenas para que el filme pudiera ser de categoría R (apta para menores de 17 años bajo la supervisión de padre o un tutor adulto).

Gérard Depardieu
Welcome to New York, de Abel Ferrara

“Es una censura”, sentenció el director a The New York Times. “Es una versión ilegal, las partes que quitaron cambian totalmente el contenido político de la película”, añadió. Welcome to New York, que se proyectó en el Festival de Cannes de 2014 y se estrenó el año pasado en Gran Bretaña y este fin de semana se ha lanzado en Estados Unidos, fue concebida como un relato novelado de lo que pudo haber ocurrido el 14 de mayo de 2011, en la suite 2806 del hotel Sofitel de Manhattan, entre Dominique Strauss-Kahn, entonces de 62 años y director general del Fondo Monetario Internacional (FMI), y la limpiadora guineana Nafissatou Diallo, 30 años más joven. La cinta está protagonizada por el actor Gérard Depardieu, que interpreta a un hombre llamado George Devereaux. Su personaje tiene sorprendentes similitudes con Strauss-Kahn, motivo por el que en mayo de 2014 Jean Veil, abogado de DSK, declaró en una entrevista a la emisora Europe 1 que su cliente “presentaría una demanda por difamación por las insinuaciones de la cinta". El letrado además recordó que DSK “fue declarado inocente” y que “ya habían pasado tres años de aquellos sucesos”.

A pesar de las protestas de Abel Ferrara en contra de la reedición de la cinta Welcome to New York, la distribuidora hizo oídos sordos y cortó 15 minutos de la versión original. El director no titubeó al asegurar que las modificaciones alteran drásticamente el significado de importantes escenas de la cinta. “La comparación entre ambas versiones demuestra que los recortes no se hicieron simplemente por la clasificación R, sino, más bien, se hicieron para cambiar el contenido político y moral de la película”, asegura a The New York Times Brad Stevens, biógrafo de Ferrara. El cambió más grave, según el director y Stevens, es el que implica la escena de violación a la trabajadora del hotel neoyorquino. “Ahora es un flashback y se desarrolla entre una conversación entre la trabajadora y el policía, como dando a entender que podría ser una simple ilustración de su versión de los hechos, y que el hombre en realidad podría ser inocente. Este corte tergiversa seriamente la película que Ferrara hizo”, añade Stevens.
Por su parte, Wild Bunch Vincent Maraval indicó a The Hollywood Reporter que ellos habían solicitado a Ferrera desde el principio una versión R de la cinta y que él aceptó entregar. Sin embargo, el director nunca hizo entrega del material y la distribuidora se vio “obligada a cortar la película sin él”. La empresa describió los cortes como “menores” y afirmó que además “ayudaban al flujo de la película”.
En 2011 Strauss-Kahn fue obligado a vivir bajo arresto domiciliario en Nueva York. Un par de semanas después, se le concedió la libertad y tuvo que pagar una fianza de un millón de dólares. Los cargos criminales le fueron retirados finalmente en 2012 y pagó unos 1,5 millones de dólares a Nafissatou Diallo por daños y perjuicios.


Dominique Strauss-Khan / Un hombre muy ocupado


EL ACENTO

Un hombre muy ocupado

El juicio contra Strauss-Khan revela el lado más sórdido del expolítico



MARCOS BALFAGÓN
El juicio a Dominique Strauss-Kahn, el otrora todopoderoso director general del Fondo Monetario Internacional y hombre a quien todas las quinielas políticas colocaban en la presidencia francesa, se está revelando como un auténtico ejercicio de surrealismo sórdido. Los testimonios que se escuchan ante un tribunal de Lille muestran hasta qué punto un hombre puede justificarse de cualquier barbaridad que haya cometido y trocar la condición de acusado por la de víctima sin pestañear. Strauss-Khan, cuya estrella se apagó de golpe al ser detenido en Nueva York en 2011 por asalto sexual a la camarera de un hotel, está acusado de proxenetismo, un delito que en Francia le puede costar diez años de cárcel. El acusado lo niega, pero al hacerlo se enreda en una maraña de argumentos que llevan al ciudadano medio a llevarse las manos a la cabeza al considerar que personas como Strauss-Khan pueden presidir organismos con gran influencia en el mundo.

Gérad Depardieu / Escándalos

Gérard Depardieu


Gérard Depardieu, ante la justicia 

por conducir borracho

Por: AFP | 

Este no es el primer escándalo del actor, pues ya se ha metido en varios líos.

El actor francés Gérard Depardieu tendrá que comparecer ante la justicia el próximo 13 de diciembre por conducir en estado de ebriedad el jueves en París, informaron este viernes fuentes judiciales.
La estrella de 63 años se cayó de la moto que conducía en París, sin causarse ninguna herida ni provocar ningún accidente.
Depardieu presentaba una tasa de alcohol de 1,8 gramos por litro de sangre, muy superior al límite de 0,5 en Francia. La legislación francesa permite al fiscal proponer una condena a una persona que reconoce los hechos de los que se le acusan.
Si esta propuesta es aceptada, será sometida a un juez para que la ratifique en la audiencia pública. Conducir en estado de ebriedad puede suponer una multa de 4.500 euros y hasta dos años de cárcel así como la pérdida de 6 puntos en el permiso de conducir.
En agosto pasado, Depardieu tuvo un altercado con un automovilista en París, que se querelló contra él. El actor reconoció haber golpeado al automovilista y también se querelló contra él por conducción peligrosa.
El año pasado protagonizó un incidente en un avión París-Dublín cuando se puso a urinar en el pasillo por estar cerrados los servicios poco antes del despegue, y fue desembarcado.

http://www.eltiempo.com/mundo/europa/gerad-depardieu-ante-la-justicia-por-conducir-borracho-_12411901-4


Las mujeres más bellas del mundo / Ivory Flame I


LAS MUJEREMÁS BELLADEL MUNDO
Ivory Flame






lunes, 30 de marzo de 2015

Eugenio Fuentes / Sobre el dolor


Henning Mankell


Sobre el dolor

No nos asusta tanto la muerte como que pueda presentarse de forma insidiosa y lacerante


EUGENIO FUENTES
30 MAR 2015 - 17:00 COT

Contradiciendo el pudor con el que generalmente se afronta la confesión de una enfermedad terminal, en los últimos tiempos dos grandes personajes han decidido contar su experiencia ante la cercanía de su muerte.




OTROS ARTÍCULOS DEL AUTOR



Por un lado, el prestigioso neurólogo Oliver Sacks ha publicado en los principales periódicos del mundo una emotiva carta de despedida al serle diagnosticado un incurable cáncer de hígado. Por otro, el escritor sueco Henning Mankell comenzó a describir en público la evolución de su enfermedad, también cáncer, si bien desde la esperanza y “desde la perspectiva de la vida”. Los dos habían escrito mucho sobre la muerte. Oliver Sacks, historias de sus pacientes que han contribuido a un mayor conocimiento y aceptación social de los trastornos neurológicos. Henning Mankell lo ha hecho desde una atalaya muy distinta, la de la novela negra. Aunque fue Sacks quien dijo que le interesaban “en el mismo grado las enfermedades y las personas”, no dudo de que Mankell suscribiría esa frase, si bien interpretando como enfermedad los males morales de la época.
Oliver Sacks

Asumiendo con admirable serenidad y lucidez, no exentas de coraje, que les quedan pocos meses de vida, estos dos leones de la escritura han decidido aprovecharlos al máximo para dejar claras sus cuentas con el mundo, terminar las tareas importantes aún pendientes y prescindir de lo superfluo. Por encima del miedo ante la extinción, ambos se muestran agradecidos y satisfechos de la plenitud de su existencia, de los amores y amigos que han tenido, de los libros escritos y leídos, de los viajes…, en fin, de la vida.
Y ninguno de ellos menciona el miedo al dolor, quizá convencidos de que no lo sufrirán, de que, en caso necesario, la química de los sedantes ha avanzado lo suficiente para suprimirlo y no endurecer su agonía.


Podemos confiar en que un sistema sanitario generoso nos permita morir asistidos con remedios paliativos

Espero que no se considere una fatuidad afirmar que, por el contrario, un alto porcentaje de personas no tenemos tanto miedo a la muerte como a la enfermedad y al dolor, que no nos asusta tanto el fin como que pueda presentarse de forma insidiosa y lacerante. Uno no puede esperar que alguien detenga el proceso que conduce a la muerte, que nos derretirá como se derrite el hielo, pero sí podemos confiar al menos en que un sistema sanitario moderno y generoso nos permita morir asistidos con los adecuados remedios paliativos. Puede que un enfermo no conserve su memoria, arrasada por el alzhéimer, y no sepa quién es ni tenga conciencia de su final, pero la sensibilidad al dolor es lo último que se pierde. Y siempre hace daño.
Y no me refiero al dolor que sirve de chivato somático para alertar de que algo no funciona bien en el organismo, ni tampoco al dolor moral o al generado por la depresión o por el miedo a la soledad. Me refiero al dolor físico que hurga en las terminaciones nerviosas, en las heridas o en las llagas cuando el daño ya está localizado. Me refiero incluso al dolor tabernario del cólico estomacal y de las pirañas en el estómago que acaban con las fuerzas y el buen humor; al dolor municipal de la hernia en las cervicales que impide la concentración ante el libro o el ordenador y reduce la eficacia profesional; a la molestia permanente de las diferentes artrosis en las articulaciones que termina por agriar el carácter de quien la padece; a la migraña crónica que aplasta el optimismo, huye de las luces del mundo y solo halla consuelo en las penumbras del abismo; al dolor medieval del traumatismo o del desgarro que aísla y ciega para apreciar cualquier belleza alrededor…
Llegados a un punto irreversible, el dolor físico no tiene ninguna utilidad; todo lo contrario: nos animaliza, nos va despojando de todo aquello que nos hace humanos. Sus ataques impiden la reflexión en calma, destierran la importancia de la relación social al convertir la llaga en el centro de atención, exigen dedicación plena, desplazan los demás intereses a un rincón y desvirtúan la personalidad de quien lo soporta. En sus últimos versos, Rainer María Rilke, atormentado por el dolor, se pregunta: ¿Soy todavía yo, el que arde allí desconocido? / No arrastro adentro los recuerdos. / Oh vida, oh vida: estar afuera. / Y yo entre las llamas. Nadie me conoce.”


En las religiones monoteístas  el desdén hacia el cuerpo era una forma de destacar la primacía del alma

Este sufrimiento somático casi siempre resulta estéril y sería conveniente desterrar definitivamente algunos residuos de su prestigio, en parte heredados del "parirás con dolor" bíblico, que consideran que el padecimiento endurece o purifica o marca un camino místico hacia no sé qué paraísos. Las religiones monoteístas han tenido su cuota de responsabilidad en esta dudosa reputación cuando, incapaces de encontrar una razón que justificara su existencia, lo pusieron a su servicio: el desdén hacia el cuerpo era una forma de destacar la primacía del alma.
Como se intuye en los textos de Sacks y de Mankell, la seguridad de que se puede esquivar el dolor físico contribuye a aceptar el fin con una mirada serena que nos permita seguir siendo hasta el final nosotros mismos. Dada la energía del vagido original que lanzamos cuando el aire llega por primera vez a nuestros pulmones, se diría que entramos a la vida atravesando una cortina de dolor. Pero sería formidable salir de la vida libres de esa carga.
Eugenio Fuentes es escritor. Su última novela es Si mañana muero (Tusquets Editores).


Robin Wright / Estoy cansada de morderme la lengua

Robin Wright

“Estoy cansada de morderme la lengua”

Tras separarse de Sean Penn y romper con su pasado, la actriz es hoy una mujer segura que triunfa en el amor y en su profesión







Robin Wright, en una rueda de prensa el pasado mes de enero. / MUNAWAR HOSAIN (CORDON 
“Llevo en esta industria 30 años y estoy cansada de morderme la lengua”. Así empieza la entrevista Robin Wright. Viste de pies a cabeza de Ralph Lauren, firma a la que se declara adicta desde que le mandaron “una bolsa llena de prendas” con las que evita ir todo el día en vaqueros y zapatillas. La nueva dama de hierro de la televisión deja claro desde el minuto uno que viene pisando fuerte. Habla de trabajo, de su carrera, de su éxito profesional en televisión —en 2014 ganó un Globo de Oro por su papel de Claire Underwood en House of Cards—, medio en el que comenzó antes de dedicarse al cine, y de sus primeros intentos como directora en una industria dominada por hombres. Tiene muy claro que su momento de brillar con luz propia ha llegado. “Tuve hijos muy pronto y en esta industria todo son apariencias. Uno tiene que saber quién es”, afirma ahora con total seguridad en sí misma.


La actriz, galardonada con el Globo de Oro como mejor actriz de televisión el año pasado, junto a su pareja, Ben Foster. / CORDON PRESS
También habla de amor, de sexo, de encontrarse a las puertas de los 50 y sentirse más deseada que nunca. Por su hombre, Ben Foster (al que le saca casi 15 años), por la industria y por el público. “Supongo que crecí tarde. Me llevó tiempo. Pero ahora estoy lista”, añade. Lista y sin pelos en la lengua, últimamente lo larga todo. De lo único que no habla es de su exesposo, Sean Penn, el hombre junto al que pasó casi 19 años entre bodas, separaciones, reconciliaciones y divorcios y con el que tuvo dos hijos, Dylan y Hopper, ahora adolescentes y haciendo su propia vida fuera de casa. Como dice en la revista Vanity Fair, que le dedica su portada en el número de abril, respeta demasiado a Penn y a sus “extraordinarios” chavales como para dedicarse a vender “felicidades y penurias pasadas” para consumo del público. Con el resto de su vida no se corta. Si en la revista reconoce que nunca había sido tan feliz, que nunca se había reído tanto y que nunca había tenido tantos orgasmos, ahora añade como quien no quiere la cosa que besar a su nuevo amor “es mi comida favorita”.
La princesa Buttercup que necesitaba ser rescatada en La princesa prometida, la joven a la sombra de Forrest Gump en todas sus andanzas, la esposa y madre eclipsada por ese huracán llamado Sean Penn, nunca había brillado tanto. Le ha costado tres décadas llegar a este punto. Ahora su apellido ya no necesita apoyarse en el de su exmarido como hizo durante años (cuando cambió su nombre al de Wright-Penn). Lo único que no le gusta de esta transición es la gravedad. Habla de esa fuerza terrestre que hace que, a su edad, sus carnes cuelguen más de lo que le gustaría. Algo increíble teniendo en cuenta el cuerpo que luce como primera dama en House of Cards, serie en la que se enfunda en sobrios y ceñidos vestidos, faldas de tubo, altos tacones de aguja e infinidad de mallas para salir a correr. “Es una armadura”, confiesa, un estilo diseñado por Kemal Harris, su estilista, y que necesita de una buena faja más incómoda que un corpiño. “No sé a quién se le puede ocurrir vestir algo así a diario”, se queja pese a la envidiada figura que le proporciona en pantalla.

Robin Wright / Adore



Robin Wright
ADORE


video


Robin Wright y Xavier Samuel
Adore, 2013
ADORE 2013 / FULL MOVIE





Robin Wright / Galería


Robin Wright
GALERÍA






Natalie Portman / El éxito no es algo que te llene o te complete


Natalie Portman
Foto de Mark Abrahams

Natalie Portman

“El éxito no es algo que te llene o te complete”


La actriz habla de su carrera tras el estreno de 'Knight of cups' en la Berlinale



    La actriz Natalie Portman, retratada en Berlín. / GETTY

    Dice que Terrence Malick llevaba años en lo más alto de su panteón personal. Cuando estudiaba Psicología en Harvard, Natalie Portman (Jerusalén, 1981) descubrió una película llamada Días del cielo. “Me fascinó. Ha sido mi favorita desde entonces”, recordaba ayer en una suite de su hotel berlinés, a la que se presentó con sonrisa indeleble y ganas de conversar. Hace diez años, la actriz se atrevió a pedir una cita a ese cineasta esquivo que había marcado sus años universitarios. “Aceptó conocerme y seguimos en contacto varios años, hasta que me llamó y me propuso esta película”.
    El resultado se titula Knight of cupsy ha dejado a la Berlinale dividida entre el aplauso y el bostezo, entre quienes ven en ella un superfluo monólogo interior con la misma carga metafísica que un anuncio de perfume y los que creen que condensa nuestro merodeo existencial en un par de horas de increíble belleza. Portman forma parte, decididamente, de los segundos. “Cada director es distinto, pero todos los rodajes se parecen. Primero te peinan y te maquillan. Luego ensayas mientras preparan las luces. Y después ruedas tres tomas, o un millar si el director es David Fincher”, bromea la actriz, “Malick te recuerda que no existen las normas. En sus películas no hay focos ni marcas en el suelo. Su único objetivo es abrazar lo fortuito y capturar algo bello cada día. Si se pone a llover, rueda bajo la lluvia. Si pasa un helicóptero, lo integra en la película. Si ve volar un pájaro, lo filma durante una hora”.
    En esta cinta lírica y sin argumento definido, un hombre en plena crisis existencial —un Christian Bale taciturno y doliente— recuerda, una por una, las relaciones que han marcado su vida. Entre ellas figura el personaje de Portman, una mujer casada con la que pondrá fin a una larga racha de aventuras con modelos y strippers. “La película resume la experiencia del hombre moderno, que busca algo sin saber qué es. A un nivel u otro, todos nos podemos identificar con eso”, afirma la actriz.

    domingo, 29 de marzo de 2015

    Silvia Gallerano / La Merda


    Silvia Gallerano
    LA MERDA
    de Cristian Ceresoli

    Pura, maldita, descarnada vida

    'La Merda', un monólogo brutal interpretado por Silvia Gallerano y firmado por Cristian Ceresoli



    Silvia Gallerano en 'La Merda'. / VALERIA TOMASULO
    Mierda. Es raro verla escrita. Pero está ahí, en nuestra cotidianeidad verbal. Muy definitoria y precisa en todos sus usos. Tal vez por eso es el título de una pieza de teatro tan sublime como brutal: La Merda. Una verbosidad nítida, real y afilada, lanzada para y contra el espectador de la boca grande y roja de una actriz desnuda: Silvia Gallerano. Un texto certero y vibrante que no pierde el ritmo, ni un solo segundo, durante la hora en la que acuchilla la conciencia del público: es de Cristian Ceresoli.
    Levantarse. Desayunar. Dormitar. Comer. Comer. Comer. Sufrir. Dejar de ser. Ser otra para los otros. Comer. Recordar. Dormir. Comer. Dejar de ser. El torrente verbal y emocional de Gallerano es el de una mujer sin nombre. Despojada de ropa y prejuicios, de barreras. “Lo segundo es mucho más difícil, absolutamente. Todo el mundo puede quitarse la ropa, pero no desnudar el alma", argumenta en un inglés moteado de tonos italianos.



    Una hora sublime

    • Se presentó en el Fringe Festival de Edimburgo en 2012 y 2013, desde entonces ha ganado premios como el The Stage Award y el Scotstman Fringe First.
    • La pieza ha colgado el cartel de no hay entradas en todos los países de su gira internacionall.
    • Se ha traducido al inglés, al danés y al checo; y está en proceso su traducción al francés, portugués y español.
    La función llega a la madrileña Sala Mirador del Centro de Nuevos Creadores dentro del XXXII Festival de Otoño a Primavera después de girar desde 2012 por decenas de países, colgando el cartel de no hay entradas, con ovaciones apabullantes y patios de butacas en pie.
    El por qué es tan complicado como simple. Simple y complicado como la vida: el deseo feroz por el éxito, el consumismo extremo, la crítica despiadada hacia el otro, hacia su parte física, lo que se ve como protagonista. Esa realidad emerge con crueldad en el libreto de Ceresoli. “Con todo el recorrido que he hecho desde que por primera vez lo tuve en mis manos, he visto que mi personaje se une a una especie de conciencia común. Fue chocante ver cómo una obra tan poética podía llegar a ser tan real”.


    La existencia sobre el escenario de una mujer que sintió, con 13 años, el suicidio de su padre, hambrienta de fama y cegada por convertirse en lo que desean y esperan los demás. Dispuesta a cualquier cosa por conseguirlo: comer hasta reventar o ingerir sus propias heces.
    Descarnada y matemática en el tono, el ritmo, el volumen del discurso. Minuciosa en el movimiento de cada músculo bajo un foco que sólo se centra en su rostro, Silvia Gallerano interpreta como una partitura la creación de Ceresoli: “Está escrito como si fuera música, es pura poesía del día a día; yo solo tengo que convertirme en el instrumento para que ese sonido fluya”.


    Han pasado tres años desde que el espectáculo se presentara en el Fringe Festival de Edimburgo con un éxito indiscutible; y Gallerano asegura que aun en ocasiones, el mismo personaje noquea, pasa a través de uno mismo: “A veces es totalmente vulnerable, y por momentos da la sensación de haber dejado de tener sentimientos”. Y eso, de todas las mierdas de las que habla La Merda, es la peor: “Dejar de ser humano es lo más inhumano. Los defectos, la falta de ética o de moral, los errores… nos hacen más humanos. Pero en el mundo en el que vivimos, en el que todo está bajo el ojo de los demás, uno puede dejar incluso de ser amigo de sí mismo”.No ha tenido que ser fácil. No lo fue. Cuenta cómo trabajó cada parte, desde la primera lectura hasta la declamación: “Recuerdo repetir una y otra vez, una y otra vez cada frase”.
    Ella, como personaje, describe ese mundo como “la sociedad de los muslos y la libertad”. Y convence. Convence todo el tiempo y con cada mueca, con las de sufrimiento, las de la desesperación o con la risa histriónica de quien expira carcajadas para alejar el dolor.
    ¿Podrían todos esos pequeños horrores convertirse, tras la digestión emocional del espectador, en un manifiesto a favor de la felicidad? “Ojalá”, contesta Gallerano. “Pero lo único que espero es que cuando el público vea la obra, y vea todo por lo que ha pasado, lo entienda. Nada más. Entendimiento”.

    Al final, en una pieza que deja al descubierto todos los temores, los anhelos y las miserias del ser humano, lo que importa es lo que ocurra al otro lado del escenario: “El público es imprevisible. No sabes cómo van a reaccionar en ningún sitio”. Algunos empatizarán con esa mujer sin escrúpulos por alcanzar lo que quiere; otros se rendirán a las críticas de la política y la sociedad contemporánea y ninguno, ninguno, podrá obviar lo que ha visto, lo que ha oído.
    Roberto Fontanarrosa (Rosario, Argentina, 1944-2007), el escritor argentino, habló de esa palabra durante el III Congreso de la Lengua Española en Rosario en 2004: “El uso de la palabra mierda es una cuestión de educación, ya que nadie puede negar que la usamos para múltiples circunstancias relacionadas con muchísimas cosas”.
    Y puso 18 ejemplos de ese uso cotidiano, delante de los Reyes de España en aquel momento. Delante del entonces presidente de la RAE, Víctor García de la Concha. Todos aplaudieron mientras esbozaban una sonrisa. Porque es cierto, porque se usa la palabra mierda a menudo. A veces, mucho. También, incluso, para definir la vida.

    EL PAÍS