miércoles, 31 de diciembre de 2014

España / Los diez mejores libros de 2014


Los 10 mejores libros del año 2014

'Así empieza lo malo', de Javier Marías, destaca en un año marcado por la primera persona. Biografías y novelas autobiográficas, entre los elegidos por los críticos de 'Babelia'



Así empieza lo malo. Javier Marías. Alfaguara
“La historia de Muriel y su mujer es solo el ángulo privado para un enfoque colectivo sobre la España que sale de la dictadura con una reconversión acelerada de múltiples biografías ligadas al franquismo y, de golpe y en apariencia, desligadas de él y hasta prestigiosamente antifranquistas. La novela desvela unos cuantos camelos y camelistas con ensañamiento pero sin nombres propios, aunque sí alusiones. Hacia 1980 se saben demasiadas cosas de demasiados médicos, abogados, arquitectos, profesores como para que todos comulguen con la versión naíf y disfrazada de su pasado”.  JORDI GRACIA

El impostor. Javier Cercas. Literatura Random House
Ni Soldados de Salamina iba sobre Rafael Sánchez Mazas, ni Anatomía de un instante fue sobre Adolfo Suárez, ni El impostor va sobre Enric Marco. He ahí la grandeza de esta novela que nunca quiso serlo: el más humilde de los héroes reales de Javier Cercas, el hombre que se inventó como superviviente de un campo de exterminio, lleva camino de erigirse en una de sus más perdurables re-creaciones; y también, de paso, en el mejor reflejo del autor y de su sociedad. De todos nosotros, en fin, de una era en la que la verdad de las mentiras, y su reverso, dejan de ser el síntoma para convertirse en la enfermedad. RICARD RUIZ GARZÓN

José Ortega y Gasset. Jordi Gracia. Taurus
Empecé a leer la biografía-ensayo sobre Ortega y Gasset, alentada por la poderosa sugestión magnética con la que Jordi Gracia nos atrapa y sitúa ante Ortega y su mundo. Una vez allí, en un escenario tan rico y complejo como apasionante, sabremos del titanismo que supuso la forja de una personalidad impar, con sus vaivenes iniciales, las negaciones obligadas, el desasimiento o la soledad. El enfoque atento de la “refundación” del joven furioso que elige ser “hacedor de ideal”, y las consecuencias de tal mutación a través de la acción política y pedagógica o de las varias “empresas” culturales, inunda estas páginas de meditaciones tan vigentes como necesarias. Y sin apologías sospechosas, ni sin soslayar fracasos o turbiedades, salvan a Ortega con las armas que él nos legó: la razón crítica, el coraje, la pasión... ANA RODRÍGUEZ FISCHER

Un hombre enamorado (Mi lucha II). Karl Ove Knausgård. raducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Anagrama
“Hermoso y rotundo como una patada”, define un poeta peruano a su padre y vale también para Un hombre enamorado. La novela trata del amor apasionado y las segundas oportunidades, pero también de la nimiedad y lo pueril. Combina confesiones autobiográficas, digresiones sobre la vida o el arte literario, con descripciones de la vida de un hombre que cambia pañales o discute con un vecino. El amor, aquella fuerza poderosa que impulsa a la vida, también nos introduce en ella dramáticamente, sin cuento de hadas. Knausgård no nos ahorra nada: ni el aburrimiento ni la inteligencia. Puro y profano, pero jamás solemne. En un mundo donde todos hacen trucos para ser asombrosos, la honestidad de Un hombre enamorado es hermosa y rotunda como una patada. IVÁN THAYS

Días de mi vida (Vida I). Juan Ramón Jiménez. Pre-Textos
Caleidoscopio, rompecabezas, sopa de letras: esta reconstrucción, que han hecho las editoras Mercedes Juliá y María Ángeles Sanz Manzano. JRJ (1881) (“¡Capicúa!”, anota el poeta) le dio vueltas toda la vida, como en él era habitual si se trataba de su Obra, a esta suerte de autobiografía-cajón de sastre, donde cupiera toda su vida: vida y obra siempre juntas como un par de cerezas unidas por el rabo. Todo lo dejó anotado para que, ahora, dos atentas editoras se lo reconstruyan, y este —deslumbrante— es el primer volumen. Cabe todo: su infancia y sus ambiciones, su madurez y sus obsesiones, sus (des)afectos (a esos que le llamaban Miss Poesía), y Zenobia y las mujeres enamoradas, de él, o él de ellas. Vida. Obra. El poeta (capicúa). JAVIER GOÑI

Hasta aquí. Wislawa Szymborska. Traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán. Bartleby
La poeta polaca Wislawa Szymborska (Premio Nobel 1996) decía que al escribir buscaba “ese efecto que en pintura se llama claroscuro. Quisiera que en mis poemas se encontraran e incluso se fundieran cosas magníficas y triviales”. Hasta aquí, su último libro, se publicó después de su muerte, ocurrida en 2012, y reúne 13 poemas (además de una entrevista con sus traductores al español). Son 70 páginas de edición bilingüe, recorridas por una poesía de simplicidad falsa (porque solo se consigue con trabajo de picapedrero), en la que Szymborska desenfunda sus mejores garfios de poeta, con una austeridad asombrosa y una capacidad única de ser desoladora sin ser brutal, de producir desazón y, a la vez, dejar brillando, en el risco del poema, un extraño rayo de luz. LEILA GUERRIERO

La hierba de las noches. Patrick Modiano. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama
Toda la obra de Patrick Modiano gira en torno a la imposibilidad del lenguaje de recordar con precisión. Hay que recorrer los lugares, los nombres, las inscripciones en la memoria que al ser evocadas nos dan la justa medida de nuestra existencia, incompleta, parcial. Entre el sueño y la vigilia, entre obsesión y olvido, Jean intenta saber quién fue Dannie, darle una coherencia, reescribir ese fragmento de vida, solo que al hacerlo se da cuenta de que entrar en ese laberinto es también perderse y, de alguna manera, caminar sobre muertos. Si la obra de Modiano tiene esa seducción hipnótica que la identifica es porque sus novelas son como las lámparas encendidas en la noche, iluminan. Están ahí como un mapa humano que nos lleva a recorrer marcas y a reconstruir desde las ruinas. PATRICIA DE SOUZA

El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets
Estaba el esbozo de una novela y su posterior abandono. Y un paseo. El escritor recorriendo el barrio. De vuelta a casa, el balcón, ese lugar que está “a la intemperie y al resguardo”, como el propio Landero en el hecho mismo de contarse. Ahora es el verano de 1964. Anochece. En el balcón, Luis, su madre y un futuro incierto. Escucho al niño, al poeta adolescente, al oficinista malhumorado. Oigo a la madre: el sonido de la tricotosa. También el rasgueo de guitarra: es Landero. Y está el carácter hosco del padre y el significado del viaje aun yendo al frente de guerra. Y está el entender. Chasquido de guijarros mientras camino senderos de infancia. Paladeo palabras que se señalan en El balcón en invierno: iridiscente, plenitud, errabundo. Leo: “En cada pequeño acontecer, lo trivial y lo misterioso van a partes iguales”. Y digo: esta autobiografía de instantes posee la inconmensurable belleza de lo que parece sencillo. Una maravilla. MARÍA JOSÉ OBIOL

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española. Espasa
Con 300 años cumplidos, la 23ª edición del Diccionario y un nuevo director (el trigésimo), la RAE ya no parece vivir amparada en el palacio que la acoge. Desde allí se extienden buenas noticias para discutir que podrían haber sido mejores. Una nueva edición del Diccionario es un prodigio. Un libro que dice: “Este es el idioma que hablas, y estos, los significados de las palabras que empleas”. Ningún otro libro es más intrigante. Parece coacción, pero se trata de hospitalidad. Registra las palabras de uso y otras, innumerables, que no conocíamos, con el propósito de no agravar las dudas. Tal vez tenga pretensión de totalidad, pero es una exigencia honorable. Al usuario suspicaz le queda el alivio de saber que en la suma de las palabras no cabe toda la realidad. FRANCISCO SOLANO

10 Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral
Superponer historias de distintos planos en la misma cartografía hasta lograr una panorámica en 3D. Con la mejor literatura posible, la que hace ya tiempo caracteriza al autor; por ejemplo, la de La noche de los tiempos o la de Sefarad. Perseguir, acorralar, saborear al asesino de Martin Luther King reivindicando, como una música de fondo que siempre acompaña al texto y nunca molesta, el mítico movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos. Bucear en los detalles de una vida (¿la del líder negro, la suya propia?), de una ciudad, de unos años cercanos, pero diferentes. “He llegado a saber tanto de él, que me parece recordar cosas de su vida, lugares que él vio y yo nunca he visto”, dice obsesionada la primera persona que relata el medio millar largo de páginas. ¡Qué ratos de lectura tan buenos, acompañado de Gerry Mulligan, Chet Baker, Clifford Brown y tantos otros! JOAQUÍN ESTEFANÍA
En la encuesta de los libros del año han participado 41 críticos y periodistas de EL PAÍS. Cada uno de ellos otorgó 10 puntos al primero de su lista, 9 al segundo y así sucesivamente.

Wislawa Szymborska / Poeta póstuma pero viva


Wislawa Szymborska
BIOGRAFÍA

Poeta póstuma pero viva

La premio Nobel polaca Wislawa Szymborska reunió 13 pequeñas respuestas a grandes preguntas en 'Hasta aquí', el libro de versos en el que trabajaba cuando murió




    La premio Nobel polaca Wislawa Szymborska / SIPA /CORDON PRESS
    Con Hasta aquí, poemario liviano y afortunado colofón a medio siglo de creación literaria, Wislawa Szymborska (1923-2012) se despide de los lectores de poesía —dos de cada mil, según sus cálculos— con una destreza intacta para suscitar sonrisas, aun cuando aborda cuestiones de gran calado relativas a qué significa estar vivo y habitar el mundo. Con ella no iban la voz engolada de intelectual seria ni las torres de marfil ("Vivir en la cumbre de la gloria es aburrido y las vistas que se extienden alrededor brumosas"), y esa constatación vital fue el único credo al que se adscribió y ejerció, por ejemplo, a lo largo de tres décadas de trabajo en la revista Vida literaria, donde comentaba los libros más variopintos en un tono distendido, incluso jocoso, y prodigaba consejos, sin hacer ascos al plural mayestático, a escritores bisoños.
     "Los pensamientos profundos deben hacernos sonreír", recordaba citando a Thomas Mann. No hay que aproximarse a la poesía, añadió, como si fuera algo insignificante o sagrado, sino con una actitud intermedia: los versos deben volar a una altura suficiente para poder observar a los hombres al mismo nivel que al resto de seres vivos, pero próximos a ellos para no caer en abstracciones. Por eso, en la poesía de Szymborska todo es concreto, y en una misma página convergen el humor y la gravedad, la duda y la certeza, el pesimismo y el entusiasmo. En ella aparecen cebollas, dinosaurios, gatos, granos de arena, el Yeti o el número pi. Cualquier fragmento de realidad movilizaba la inspiración de una poeta que era capaz de admitir sin rubor: "No sé".
    Wislawa Szymborska

    Formó parte de una de las generaciones más brillantes de la poesía europea, que rastreó
    el camino de vuelta al verso
    después de Auschwitz
    Junto a Tadeusz RózewiczZbigniew Herbert y Czeslaw Milosz, la "gran dama de la literatura polaca" —apelativo que seguramente le provocase una mueca burlona— formó parte de una de las generaciones más brillantes de la poesía europea, aquella que rastreó el camino de vuelta al verso después de Auschwitz. Una mano, leemos enHasta aquí, es suficiente para escribir Winnie the Pooh o Mein Kampf.
    En esta obra póstuma, que aglutina 13 "respuestas pequeñas a grandes preguntas", la escritora sigue reflexionando sobre nuestra facultad de percibir y comprender el mundo. Como en ‘Confesiones de una máquina lectora’, poema sobre la incapacidad de dar una definición solvente a palabras escurridizas como "sentimiento", "alma" o "soy"; o en ‘Obligación’, en que nos recuerda que “comemos vidas ajenas para vivir” a fin de reconciliarnos con esta ley natural, y que el hambre, corruptor de la inocencia, es un poder abrumador que parece entregado a la naturaleza por los dioses. En otro, ‘El espejo’, la premio Nobel vuelve a la indiferencia de los objetos cuando sobreviven a sus dueños "con una profesional falta de asombro", o a la defensa de los saberes innecesarios en ‘Hay quienes’, en que se confronta con las personas que siempre "piensan justo lo debido / ni un segundo más / porque tras ese segundo acecha la duda". El poemario concluye con una de las composiciones más notables del conjunto, ‘Mapa’, en que juega con las escalas de las representaciones cartográficas ("aquí todo es pequeño, cercano y accesible. / Puedo con el filo de la uña aplastar los volcanes, acariciar los polos sin gruesos guantes") y admira el empeño que hay en ellos por omitir la cruda realidad ("Fosas comunes y ruinas inesperadas, / de eso nada en esta imagen"). Como las verdades fabricadas de las ideologías impuestas, los mapas "despliegan en la mesa un mundo / no de este mundo", todo lo contrario que los poemas de esta hacedora de observaciones insospechadas.
    Hasta aquí. Wislawa Szymborska. Traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán. Bartleby. Madrid, 2014. 70 páginas. 15 euros

    Días de mi vida / Juan Ramón Jiménez inédito



    Juan Ramón Jiménez inédito

    Uno de los libros más largamente pensado por Juan Ramón Jiménez fue 'Vida', su autobiografía

    La muerte en el exilio del premio Nobel de Literatura dejó inédito un proyecto que ahora ve la luz


      Juan Ramón Jiménez, en 1951. / JRJ ÁLBUM (RESIDENCIA DE ESTUDIANTES)
      Juan Ramón Jiménez fue uno de los hombres más desdichados y atormentados de su tiempo, habiendo sido también uno de los más grandes. Acaso por eso fue el escritor más combatido y parodiado de todos. “Más calumniado”, dirá él. No creo que ningún otro poeta viviera durante casi sesenta años, desde sus dieciocho, sacudido por ataques tan continuados de pánico, excusados en dolores físicos que lo mismo lo levantaban al vértice de la locura que lo hundían en la desesperación y la misantropía. Un verdadero infierno para un enfermo no siempre imaginario. Tanto como su obra, conmueve su vida, y anonada. Y pese a su extraña enfermedad, o precisamente por ella, escribiendo sin desmayo miles de páginas: poemas, aforismos, retratos, críticas, prosas, ensayos, recuerdos, cartas, conferencias, cuentos… y la mayor parte de ello de primer orden, con mil registros distintos, desde la lírica más exaltada hasta la sátira. “El martirio de escribir”, lo llamará. Nadie trabajó tanto como él, ni los grandes galeotes de la literatura. ¿Cuál fue, pues, la fórmula, cómo pudo entonces hacer posible que una obra tan colosal como esa cupiese en una vida tan rota como la suya? Yo creo que pudo ser esta: “No os toquéis en el dolor”.
      La historia de este dolor ve ahora la luz: “Si yo estuviera sano, sería uno de los hombres más grandes del mundo… ¡Ah, si supierais los jérmenes decididos a estallar que llevo dentro! ¡Si yo pudiera emplear mi vida entera en mi pensamiento! ¡Si mi salud igualara a mi voluntad, al ansia de saber, al afán de viajar, de obrar, de aniquilar, de construir!”, confesará.

      Antonio Muñoz Molina / Crónica y expiación



      Crónica y expiación

      Muñoz Molina combina en ‘Como la sombra que se va’ un ejercicio de introspección, una narración de tintes casi policiacos, una teoría de la novela y una historia de amor y familia




      El motel Lorraine de Memphis, en el que fue asesinado Martin Luther King, 
      fotografiado por Elvira Lindo.


      El 4 de abril de 1968, cinco años más tarde del magnicidio de Dallas, el líder negro Martin Luther King cae abatido de un único disparo en la parte inferior de la cara. Su asesino se llamaba James Earl Ray. Un hombre del sur americano, blanco y ferozmente racista. Su huida le exige cambiar de identidad y de país. Aparece, como de la nada, a los pocos días de su cronometrado crimen en Lisboa. Solo estará unos días, hasta que sea atrapado en el aeropuerto de Londres. En 1987, un joven funcionario del Ayuntamiento de Granada hace un viaje relámpago a la capital portuguesa para terminar la novela que tiene entre manos, la novela que escribe en los ratos libres que le dejan su obligación laboral y familiar (mujer y dos hijos pequeños). La novela se titulará El invierno en Lisboa. Su autor se llama Antonio Muñoz Molina. Este son los dos soportes argumentales sobre los que se erige Como la sombra que se va, la nueva novela de Antonio Muñoz Molina.
      La novela es un ejercicio múltiple de ficción: implacable autointrospección, exposición de la teoría sobre la novela que defiende Muñoz Molina, una especie de making of de El invierno en Lisboa, una historia de amor y otra de desamor sin explicitar, un acto de expiación respecto a las víctimas colaterales que la empecinada vocación deja por el camino, una crónica casi policiaca sobre uno de los tres asesinatos más determinantes que se cometieron en Estados Unidos durante la década de los sesenta. Para que todos estos niveles queden soldados de manera que el lector no tenga nunca la sensación de desequilibrio, ni de falta de unidad, el autor de Úbeda otorga las propiedades ventrílocuas con que suele dotar a sus voces narradoras. La voz que se narra a sí mismo, esa primera persona que designa al autor de El invierno en Lisboa como si fueran dos seres distintos, el del presente y el del pasado, pero arrastrando un mismo posible espejismo y un mismo sufrimiento vital, por momentos parece transformarse también en la conciencia oscura del asesino de Luther King. Como si nuestro autor volviera a las atmósferas asfixiantes y a aquella clínica descripción del mal que experimentó con deslumbrante eficacia en Plenilunio.

      Sobre esta materia escribieron Don DeLillo y Norman Mailer con no más mérito que nuestro autor

      La novela que leemos se pudo gestar entre el 2 de diciembre de 2012 y los primeros días de febrero de 2014 en un Nueva York nevado. El autor de El invierno en Lisboa vuelve a Lisboa a visitar a su hijo, el mismo que en 1987 tenía un mes de vida. Ahora es cuando recuerda la historia que leyó sobre James Earl Ray. Es el comienzo de la novela que leemos, y el comienzo del recuerdo doloroso del pasado privado y la recuperación casi arqueológica de la novela que lo salva, para su propia sorpresa, de la grisura provinciana en que transcurría su vida.
      Voy a comentar algunas cuestiones que tienen que ver con la novela (que leemos) y con el género según lo entiende Muñoz Molina. La historia del asesino de Luther King, un tipo que disfruta leyendo novelas de James Bond y enciclopedias obsoletas, adquiere su sentido cabal si no se olvida la historia de las últimas horas de vida, que también se cuenta, de la víctima. Juntas, conforman la cara desoladora de la historia americana. Sobre esta materia escribieron Don DeLillo y Norman Mailer con no más mérito que nuestro autor, pero con igual afán indagatorio sobre algunos grandes misterios humanos (y políticos).
      Para esta historia Muñoz Molina se vale de una ingente documentación, de la misma manera que Mailer usó el Informe Warren para construir su visión de Oswald. La ruina moral, la sordidez y la desdichada personalidad que dibujó nuestro autor en el psicópata de Plenilunio, la reencontramos casi intacta en el dibujo del asesino del líder negro.
      Me interesan ahora, sobremanera, dos ideas en la novela: la del punto de vista en las novelas y la del porvenir de las historias que se cuentan, lo que ocurre con las vidas después del final de esos relatos que leemos. Primera idea: Muñoz Molina tardó siete años para encontrar la voz narradora de Beatus Ille (1986), su primera novela. Por ello no extraña que ahora haga mención de El gran Gatsby, uno de los grandes paradigmas del punto de vista. Dice Muñoz Molina: Gatsby era un héroe porque alguien como Nick Carraway lo miraba. Segunda idea: los relatos tienen un final, una exigencia cartesiana de orden. Una mujer o un hombre son un relato mientras los tenemos enfrente; en cuanto se alejan de nuestra existencia, esos relatos han finalizado, como si hubieran muerto para nosotros, pero sus vidas continúan y las nuestras también. Por ello tampoco extraña que cite al personaje más olvidado de la historia de la narrativa universal, Berta Bovary, la hija de los protagonistas que termina en la novela como obrera.
      En Como la sombra que se va vuelve la rigurosa transparencia narrativa de su autor. Y el fraseo medido de la escritura para indagar entre las brumas. A la memoria, atrapada siempre luminosamente entre la verdad y la ficción, se le suma ahora la urgencia de una reparación crucial que no llega tarde. Algunos misterios de la vida se suman a ese misterio que es toda narración.

      Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina. Seix Barral. Barcelona, 2014. 536 páginas. 21,90 euros (digital: 10,99)


      Nuevo Diccionario de la lengua española









      EL LIBRO DE LA SEMANA / EL NUEVO DICCIONARIO

      Jugando al juego del ‘mouse’ y el ratón

      La 23ª edición del 'Diccionario', publicado 13 años después que la anterior, trata de abrirse a América y huir de la perspectiva exclusivamente española. Le queda camino por recorrer


      Ejemplares del nuevo diccionario en la encuadernadora de Barcelona. / MASSIMILIANO MINOCRI
      Una nueva edición del Diccionario por antonomasia siempre es un acontecimiento. Pero este 23º diccionario no se limita a dar fe de novedades que ya conocíamos por su web: aprovechando la oportunidad, se ha modernizado la obra y mejorado su utilización. Recordemos que en el origen remoto de los diccionarios académicos está el de Autoridades (acabado en 1739). Desde entonces ha habido una veintena de ediciones, la última hace 13 años, que mantenían la mayoría del vocabulario y parte de las definiciones presentes en su lejano progenitor, añadiendo por supuesto muchas otras: esta edición cuenta con 4.600 entradas más que la anterior. Por eso elDiccionario es una obra singular, que conserva la herencia (y a veces el peso) de sus orígenes, que lleva siglos gozando de gran popularidad, pero que no renuncia a reflejar la modernidad, y eso es problemático. El edificio de la lengua cambia ante los mismos ojos del lexicógrafo: áreas enteras del vocabulario se convierten en ruinas (que tendrá que etiquetar como tales), mientras que debe construir alas nuevas con ladrillos de estabilidad incierta.

      martes, 30 de diciembre de 2014

      Vargas Llosa / El fracaso de Ortega y Gasset

      José Ortega y Gasset

      El fracaso de Ortega y Gasset

      El filósofo quiso democratizar España, volverla europea mediante la persuasión; en eso consistía su liberalismo. Pero la desilusión con la República y la sublevacion fascista enterraron su proyecto


      Ortega y Gasset según Fernando Vicente
       Me hubiera gustado escuchar una conferencia de Ortega y Gasset, o, mejor todavía, seguir alguno de sus cursos. Todos quienes lo oyeron dicen que hablaba con la misma elegancia e inteligencia que escribía, en un español rico y fluido, muy seguro de sí mismo, con ciertos desplantes vanidosos que no ofendían a nadie por la enorme cultura que exhibía y la claridad con que era capaz de desarrollar los temas más complejos. La doctora Margot Arce, que fue su alumna, me contaba en Puerto Rico, medio siglo después de haberlo oído, el silencio reverencial y extático que su palabra imponía a su auditorio. Me lo imagino muy bien; incluso cuando uno lo lee —y yo lo he leído bastante, siempre con placer— tiene la sensación de estarlo oyendo, porque en su prosa clara y frondosa hay siempre algo de oral.
      La biografía que acaba de publicar Jordi Gracia (Taurus), muestra un Ortega y Gasset mucho menos recio y firme en sus ideas y convicciones de lo que se creía, un intelectual que de tanto en tanto experimenta crisis profundas de desánimo que paralizan esa energía que, en otras épocas, parece inagotable, y lo lleva a escribir, estudiar y meditar sin tregua, durante semanas y meses, produciendo artículos, ensayos, una correspondencia ingente, dando clases y conferencias y desarrollando al mismo tiempo una labor editorial que dejaba una huella importante en la cultura de su tiempo. Muestra, también, que ese trabajador infatigable era, como un Isaiah Berlin, prácticamente incapaz de planear y terminar un libro orgánico, pese a tener la intuición premonitoria de tantos, que nunca llegaría a escribir, porque la dispersión lo ganaba. Por eso fue, sobre todo, un escritor de artículos y pequeños ensayos, y, sus libros, todos ellos con excepción del primero —las Meditaciones del Quijote— recopilaciones o inconclusos. Nada de eso empobrece ni resta originalidad a su pensamiento; por el contrario, como ocurre con los textos casi siempre breves de Isaiah Berlin, los artículos de Ortega son generalmente algo mucho más rico y profundo que lo que suele ser un artículo periodístico, planteamientos, exposiciones o críticas que a menudo abordan temas de muy alto nivel intelectual y cargados de sugestiones a veces deslumbrantes y, sin embargo, siempre asequibles al lector no especializado.
      La impotencia lo condujo al silencio, pero nunca traicionó su propio ideal de coexistencia ilustrada
      Por eso ha hecho muy bien Jordi Gracia rastreando como un sabueso toda la trayectoria de los artículos de Ortega y Gasset ; es la más segura manera de acercarse a su intimidad de pensador y de escritor, de averiguar cómo discurría en él su vocación de filósofo y de literato. Todo comenzaba por una idea o una intuición que volcaba en un artículo (a veces en varios). De allí, ese embrión pasaba la prueba de una clase o una charla pública y, enriquecido, cuajaba en un ensayo. Aunque muchas veces tenía la idea de prolongarlo en un libro, por lo general no pasaba de allí, porque otra intuición, hallazgo o invención genial lo desviaba a otro artículo, que, luego, siguiendo el mismo itinerario, terminaba desembocando en uno de esos ensayos —con frecuencia excelentes y a menudo soberbios— que son la columna vertebral de su obra y que ocuparon gran parte de su vida.
      Jordi Gracia muestra también que la vocación política fue tan importante en Ortega como la intelectual. En su juventud, en su temprana y media madurez, ambas vocaciones se fundían en una sola ; quería ser un gran pensador y un gran escritor para cambiar a España de raíz, volverla europea, modernizarla, democratizarla, lo que para él —como para los intelectuales que atrajo a la Agrupación al Servicio de la República— significaba llevar a gobernar el país a sus hijos más cultos, inteligentes y decentes, en vez de esa clase política que desprecia por mediocre, falta de ideas y de creatividad, acomodaticia y cínica. A tratar de formar un movimiento que materialice ese proyecto dedica buena parte de su tiempo, pues él está convencido que se trata de una acción cultural, de diseminación de ideas nuevas y fértiles, y eso explica que se vuelque de ese modo a una tarea periodística, en diarios y revistas, convencido de que esa es la mejor manera de cambiar la política en uso, contagiando entusiasmo por unas ideas y unos valores que deben llegar al gran público de la misma manera que llegaban a sus estudiantes: a través de la persuasión. En eso consistía lo que él llamaba su “liberalismo”, aunque, muchas veces, le añadiera la palabra socialismo, para indicar que aquella revolución cultural de la vida política no estaría exenta de un fuerte contenido social. La República le pareció que era el régimen más propicio para aquella transformación política de España.
      Sin embargo, aquellos no eran tiempos para la sana controversia de las ideas como quería Ortega, sino la de los fanatismos encontrados en la que los insultos y las pistolas reemplazaban rápidamente los debates y los diálogos entre los adversarios. Este será el gran fracaso de Ortega, la absoluta inoperancia de aquella pacífica revolución cultural que proponía y que, primero la violenta experiencia republicana y luego la sublevación fascista y la guerra enterrarían por más de medio siglo.
      Fue un gran error de su parte volver en plena dictadura creyendo que el régimen se abriría
      El libro de Jordi Gracia da cuenta pormenorizada y con admirable objetividad de la traumática experiencia que significó para Ortega el desmoronamiento de todos sus anhelos políticos. Primero, la desilusión que tuvo con la República que no se parecía en nada a aquella ilustrada coexistencia en la diversidad que había previsto, y, luego, la sublevación militar y la Guerra Civil. La impotencia lo condujo al silencio. Pero nunca traicionó su propio ideal, aunque admitiera que, en esa circunstancia, era simplemente impracticable, desprovisto de toda realidad. El silencio que guardó en tantos años de exilio, en Francia, en Portugal, en Argentina, desprestigió a Ortega a los ojos de muchos. Yo creo que fue un acto de gran coraje tratar de mantenerse al margen, sin tomar partido, por dos opciones que le parecían igualmente inaceptables: el fascismo y una república muy poco democrática, dominada por los extremismos sectarios.
      Creo que fue un gran error de su parte volver a España en plena dictadura, creyendo ingenuamente que con la posguerra el régimen se abriría; y la verdad es que lo pagó caro, pues, como muestra con lujo de detalles Jordi Gracia, a la vez que seguía siendo atacado (y silenciado) con ferocidad por el nacional catolicismo, ciertos sectores falangistas trataban de apropiárselo, sembrando la confusión en torno de él, al extremo de que seguidores suyos tan fieles como María Zambrano llegaran a creer que había traicionado sus viejos ideales. Nunca los traicionó; hasta el fin de sus días fue laico y ateo y defensor de una democracia liberal signada por la tolerancia. Al mismo tiempo, pese a la incomodidad política permanente en la que pasó sus últimos años, su vitalidad intelectual nunca cesó de manifestarse, en ensayos y artículos que recobraban a veces el vigor expresivo y la riqueza creativa de antaño. El reconocimiento que tuvo en los últimos años fue en el extranjero, en Alemania sobre todo, pero también en Inglaterra y en Estados Unidos. En España, en cambio, y hasta hoy día, nunca se le ha reivindicado del todo, porque, para unos, es una figura ambigua y reticente, que mantuvo durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra un silencio cobarde que constituía una discreta complicidad con los fascistas, o un conservador de viejo cuño, inadaptado e irremisiblemente enemistado con la modernidad.
      Uno de los grandes méritos del libro de Jordi Gracia es que, sin excusarle ninguna de sus equivocaciones y errores políticos, ni dejar de señalar cómo a veces la vanidad lo cegaba y lo llevaba a exagerar sus exabruptos, hecho el balance, Ortega y Gasset es uno de los grandes pensadores de nuestra época, y que, precisamente en el tiempo en que vivimos —no en el que él vivió— sus ideas políticas han sido en buena medida confirmadas por la realidad. Leerlo ahora no es un quehacer arqueológico, sino una inmersión en un pensamiento candente, muy provechoso para encarar la problemática actual, a la vez que disfrutar del placer exquisito que produce un escritor que pensaba con gran libertad y originalidad y expresaba sus ideas con la belleza y la precisión de los mejores prosistas de nuestra lengua.



      Jordi Gracia / Fulgurante Ortega y Gasset

      Ortega y Gasset según Fernando Vicente

      Fulgurante Ortega

      Con su obra, el pensamiento conquista la superación del idealismo de Occidente y postula una alianza entre irracionalidad y racionalidad como única vía de comprensión del hombre, su mundo y sus límites



      RAQUEL MARÍN
      Al lado de Victoria Ocampo, tan alta y señorial, Ortega tira invenciblemente a bajito. Pero fue quien puso en orden de batalla a sus soldados cuando todavía no eran soldados pero él ya era su capitán. No sólo emperador,como entre los aborrecidos jesuitas de la infancia, sino directamente capitán que llama al arma a sus mesnadas para seguir propinando descargas escritas y orales sin freno, sin dios, sin miedo y sobre todo contra todo y contra todos. Ortega es una descarga de fusilería ideológica casi desde niño, en calzón corto, cuando todavía en privado todos rezongan contra la Restauración y su sistema viciado y envilecido, contra Maura y contra Romanones, contra el Partido Conservador y contra el Partido Liberal.
      La diferencia es que Ortega levanta el listón y predica la radicalidad democrática del socialismo liberal como único recurso contra la injusticia social, contra el retraso intelectual, contra la inconsistencia de una democracia fraudulenta. Estamos apenas en 1908, tiene 25 años, es visiblemente calvo y en su hermano Eduardo tiene un aliado crucial, pero pronto se sumará el resto. Ortega crece a vista de todos en progresión incontenible en el Ateneo y en la Universidad, en la Residencia de Estudiantes y la Junta de Ampliación de Estudios, en la redacción de El Imparcial y en el Centro de Estudios Históricos. Está desde siempre en boca de todos por su tono, por su jovialidad, por su acometividad y por su infinita y casi angustiosa petulancia. Y sin embargo lo quieren, lo quieren y lo admiran desde santos laicos como Francisco Giner de los Ríos hasta gente de su misma edad, como Juan Ramón Jiménez o Ramón Pérez de Ayala, o algo mayores, como Antonio Machado, Azorín y Pío Baroja. Pero el que más le quiere es el mayor de todos, y mayor en todos los sentidos, Miguel de Unamuno, rendido a la chispa y la veracidad sin acartonamiento del muchacho de veintipocos que aun no es catedrático, que aun no ha escrito un libro y sin embargo a quien confía Unamuno el manuscrito de su libro filosófico más importante, Del sentimiento trágico de la vida, varios años antes de publicar el texto. Y así sigue la biografía arrebatada de Ortega hasta 1936, cuando ha sido ya el puntal ideológico de El Sol desde 1917, ha fundado el semanario España y ha puesto en marcha una cuña de revolución cultural que se llamó Revista de Occidente armada con tres lanzaderas: una tertulia en forma de chequeo intelectual de la actualidad, una revista mensual en forma de observatorio de la Europa contemporánea y una editorial con funciones de carcoma tenaz del tradicionalismo católico de la España rancia.
      Siguió siendo bajo —por eso forzaba la verticalidad de su pose— pero siguió metiendo miedo, aunque él no lo tuvo hasta las balas perdidas y las violencias de 1934-1936. Él sí da miedo, incluso antes de que nadie sepa las fantasías de redención colectiva que fabrica su rotunda cabeza. Es un luchador casi físico en las peleas en las que cree hasta 1921, cuando la experiencia y los fracasos políticos empiezan a inclinar el plano de su vida hacia el desengaño y el rencor, hacia el desdén acre que destilan tantas páginas de España invertebrada de 1922 y que intoxican la peor parte de un libro lleno de hallazgos y observaciones luminosas como La rebelión de las masas, entre 1929 y 1930.



      Es un luchador casi físico en las
      peleas en las que cree hasta 1921; luego cayó en el desengaño
      Estuvo tan vivo para aquellos jóvenes como lo está hoy para el lector con afán de pensar por libre, conocer sin anteojeras y comprender con honradez. A veces basta con dejarse atrapar por una prosa vivaz y brillante, y a veces hay que resignarse al párrafo rematadamente cursi y hasta delicuescente a ratos. Pero eso es nada, porque Homero también duerme: el todo, lo que importa de veras, es la vibración de autenticidad de un pensamiento hiperactivo y efusivo, combativo y comprometido, perspicaz y desprejuiciado, jugoso y beligerante: fundamentalmente honrado aunque se equivoque, convincente aunque yerre, siempre estimulante al menos hasta los primeros años treinta, cerca ya de sus cincuenta años, cuando abandona la confección de esos libros misceláneos y confesionales, dietarios disfrazados de ensayos, que tituló desde 1916 El Espectador.
      Por supuesto, cuando Ortega se enamora se enamora de verdad, aunque sus disparatadas ideas sobre la mujer le sitúen en el pleistoceno de la especie. Pero por tres veces se enamora, y las tres a fondo: de Rosa, su mujer desde 1910 y compañera hasta su muerte en 1955; de Victoria Ocampo, perdición austral y quimérica de un hombre que se descubre frágil y desarmado en 1917, y de una joven condesa diez años más tarde, hipnótica para un Ortega con la guardia baja y la autoestima lesionadísima. Para entonces, sin embargo, en los años veinte toda su maquinaria intelectual se vuelca en la ratificación de sí mismo, cuando la filosofía de la razón vital va de camino a ser razón histórica y siente que con él el pensamiento conquista por fin la superación del idealismo de Occidente y postula una alianza entre irracionalidad y racionalidad como única vía de comprensión integral y resignada del hombre, su mundo y sus límites. Resignada, sí, pero sin tristeza ni amargura; al revés: feliz de desenmascarar falsos consuelos, feliz de saber qué hacer con la vida como proyecto, feliz de identificar lo iluso como ilusión inútil y cultivar como posible la ilusión de lo real: un Nietzsche civilizado.
      ¿Hay un Ortega fósil? Lo hay, claro que lo hay, y es a veces patéticamente vulnerable: la sustancia que lo fosiliza se llama resentimiento recrudecido de rencor y mesianismo abortado. Las heridas del amor propio deforman su prosa hacia el desdén contra la inopia bovina de las masas y sobre todo de los suyos. Y eso es lo peor, la incredulidad de quienes debían constituir las bases del futuro culto, educado, civil y europeo soñado. No atienden como deberían a sus visiones del hombre y la sociedad contemporánea, aunque él sea ya desde El tema de nuestro tiempo de 1923 el paraguas filosófico para el nuevo mundo que ha descubierto Albert Einstein. Ni están a la altura ni aciertan a detectar, como detecta él, el nivel que exige el presente: un pensador de la contingencia, una visión empírica de la condición humana, un dinamitador de las fantasías falseadoras, un ateo irrenunciable y primordial.

      Cuando se olvida de sí mismo, es el más sugestivo intérprete de sucesos en movimiento
      Demasiadas veces los verdaderos fósiles hemos sido nosotros, los lectores y los comentaristas, una y otra vez atados al Ortega más caduco y vulnerable —más visceral—, el de España invertebrada, el de sus cábalas sobre asuntos mal conocidos, el de los delirios, o revanchistas o apocalípticos, contra la villanía ética e ideológica de las masas ignaras. Pero ese es un Ortega ya turbado: el peor enemigo de Ortega fue Ortega mismo, sobre todo tras leer a Heidegger en 1928 y descubrir en él un asteroide filosófico completamente imprevisto. Por dentro le cambió la vida y unos años después la cambió por fuera, desde 1932: dejó de actuar como el insolente, provocativo, disperso y feliz ensayista de lo real para reencauzarse en una ruta que le había sido ajena, la filosofía profesional, la filosofía académica.
      Pero incluso ese grave percance de su biografía intelectual se salda con una última resistencia al contagio teológico y religioso de Heidegger en dos fases: una breve y contundente en 1929 y otra prolongada y minuciosa, incluso furiosa, en La idea de principio en Leibniz, que es un manuscrito abandonado en 1947 tras rematar por fin su pelea privada con Heidegger, y con más razón que un santo. Cuando Ortega se olvida de sí mismo, cuando desiste de ser quien es y escribe en libertad, desatado y brioso, entonces es un ensayista arrebatado y arrebatador: el mejor antídoto contra el idealismo embaucador, el más sugestivo intérprete de sucesos en movimiento, el más apto para fabricar en silencio, rumiando, personas libres y contingentemente felices, como lo fue él mismo: un escritor del siglo XXI.
      Jordi Gracia es profesor y ensayista.