miércoles, 23 de mayo de 2018

Muere Philip Roth a los 85 años

Philip Roth

Muere el escritor Philip Roth a los 85 años

Novelista, ensayista, autor de colecciones de cuentos, Roth fue uno de los grandes narradores americanos del siglo XX


Philip Roth, uno de los autores más importantes de la literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, ha fallecido este martes por la noche en Manhattan a los 85 años según ha confirmado su agente, Andrew Wylie. La causa ha sido una insuficiencia cardiaca.
Nacido el 19 de marzo de 1933 Newark (Nueva Jersey), hijo de un matrimonio de descendientes de emigrantes judíos de Europa del Este y criado en el barrio de clase media de Weequahic, Philip Milton Roth, eterno candidato al premio Nobel, que nunca llegó a conquistar, recibió otros de los premios más señalados como dos National Book Awards, dos National Book Critics, tres PEN/Faulkner Awards, un Pulitzer y un Man Booker International.
Tras publicar 31 obras a lo largo de su carrera, el autor de El lamento de Portnoy(1969), que lo catapultó al éxito con la tormentosa relación con el sexo del personaje Alexander Portnoy, y de la ya legendaria Trilogía americana, que le abrió definitivamente las puertas del Olimpo literario –Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2000)–, tomó la decisión de dejar la escritura en 2012, año en que fue galardonado con el Príncipe de Asturias de las Letras, cerrando una trayectoria magistral que arrancó con la publicación en 1959, cuando tenía 26 años, de Goodbye Columbus, un conjunto de cinco relatos y una novela de amor que le valió uno de los premios más prestigiosos de Estados Unidos, el National Book Award.
Con Roth desaparece el último de los gigantes de las letras americanas del siglo pasado, junto con Saul Below (1915-2005) y John Updike (1932-2009), y una figura central de la fecunda narrativa judía estadounidense al lado del propio Bellow, Bernard Malamud (1914-1986) y Norman Mailer (1923-2007), brillando por su capacidad para profundizar en las obsesiones de la cultura de su propia comunidad.




Roth no se sentía cómodo con su reiterada categorización como escritor judío-american

Roth, sin embargo, no se sentía cómodo con su reiterada categorización como escritor judío-americano. "Ese epíteto no tiene sentido para mí", dijo. "Si no soy un americano, no soy nada", o, como resumió en otra ocasión rechazando la acotación comunitaria y resaltando su propósito de universalidad: "Yo no escribo judío, escribo estadounidense". En su autobiografía Los hechos (2008), decía con humor a propósito de su padre: "Su repertorio nunca ha sido enorme: familia, familia, familia, Newark, Newark, Newark, judío, judío, judío. Más o menos como el mío".
La introspección psicológica –recurriendo al uso del alter ego; como el novelista Nathan Zuckerman, voz de nueve de sus novelas– fue permanente campo de batalla del prolífico Roth, con obras memorables como Patrimonio (1991), en la que el protagonista examina su compleja relación con su padre y se sitúa ante la dificultad de ser testigo de su agonía hasta su muerte. En su obituario, The New Yorker ha recordado los temas preferidos de Roth: “La familia judía, el sexo, los ideales americanos, la traición de los ideales americanos, el fanatismo político y la identidad personal”. 
En una entrevista en 1985, Roth definía así la cuestión esencial sobre la que rotaba como su literatura: "Es la tensión entre el hambre de libertad personal y las fuerzas de la inhibición", decía aludiendo a la lucha del individuo contemporáneo con los corsés tradicionales y personales.
En enero, después de años alejado de los medios, el autor de La visita al maestro (1979) concedió una entrevista a The New York Times en la que afirmaba que la lectura –sobre todo obras de Historia– había reemplazado su pasión por la escritura y explicaba que había dado por finalizada su carrera al tomar conciencia de que había dado de sí todo lo que llevaba dentro: “Había sacado lo mejor de mi trabajo, y lo siguiente sería inferior”. “Ya no poseía la vitalidad mental, ni la energía verbal o la forma física necesarias para construir y mantener un largo ataque creativo de cualquier duración sobre una estructura tan compleja y exigente como una novela”. Cuando optó por dejar el oficio, Philip Roth pegó un post-it en su ordenador que leía: "La lucha con la escritura ha terminado". Para evaluar su obra, citaba esta frase que dijo hacia el final de su vida el boxeador Joe Louis: "Lo hice lo mejor que pude con lo que tenía".





¿Quién se atrevería a publicar hoy de nuevas a Philip Roth?

Philip Roth en Nueva York

¿Quién se atrevería a publicar hoy de nuevas a Philip Roth?

En ‘El lamento de Portnoy’ elevó su canto a la masturbación y en ‘La mancha humana’ predijo la censura presente contra la literatura más salvaje


Jesús Ruiz Mantilla
Madrid, 23 de mayo de 2018


La actriz Claire Bloom y el escritor Philip Roth, en la casa de Connecticut en 1983.
La actriz Claire Bloom y el escritor Philip Roth, en la casa de Connecticut en 1983. MAGNUM

Ha muerto Philip Roth. Hoy toca alabarlo. Vendrán sentidos recuerdos, análisis sobre su gigantesca carrera novelística y terapias aplicadas a sus alter egos. Pero hay una pregunta que al recordar las páginas de novelas suyas como El lamento de Portnoy, La mancha humana, Sale el espectro, El teatro de Sabbath o El animal moribundo, por agarrar algunas al vuelo, flotará en el ambiente: ¿Quién se atrevería a publicarlo hoy? En la época en que toca enmendar la plana a Nabokov por su Lolita, ¿quién echaría el resto para dejar volar a gloriosos salidos como Nathan Zuckerman o David Kepesh? 

Si Philip Roth es un escritor que nos cruje por dentro no se debe tanto a su habilidad para la franqueza, si no a su sensibilidad para retratar la desolación de una era huérfana. Su fenómeno y su actitud libérrima dentro del panorama de las letras norteamericanas explican sus inicios y su consolidación en la ola abierta de los sesenta, cuando libre de prejuicios –o quizás demasiado atado a ellos-, como previa catarsis, entonó su canto a la masturbación en El lamento de Portnoy.
Aquello y sus obras posteriores, centradas radicalmente en el sexo como motor último de cada una de nuestras acciones, no le llevaron al Nobel, pero sí a ingresar vivo –y como auténtica excepción- en la pléyade de Library of América. Se trata de una colección dedicada a clásicos muertos, ante todo. Con eso se escudó para la eternidad.
De no ser así, si Philip Roth iniciara ahora su peregrinaje con manuscritos a cuestas como auto en ciernes o principiante, en vez de proporcionar jugosos ingresos a la agencia Wyllie o haberse convertido en una de las voces más crudas y reconocidas de su país, lo tendría más que difícil.

El sexo sin tapujos ni fronteras de raza, condición ni edad, no sólo planea, sino que define la obra de Roth. El sexo como verdadera y última frontera moral

De alguna manera vislumbró la cada vez más pesada amenaza del puritanismo al publicar La mancha humana. Es la última entrega de lo que llamó su trilogía sobre América, de la que forman también parte Pastoral americana y Me casé con un comunista. En la última entrega entraba de lleno en la era Clinton, con el espejo del caso Lewinski por medio. La tabla de salvación que supone para su protagonista –un viejo y controvertido profesor- su tórrida relación con una limpiadora de la universidad donde trabaja, hubiese cosechado su crucifixión en las redes. Lo mismo que la obsesión de David Kepesh por una joven alumna latina en El animal moribundo, o las constantes pulsiones de ese sátiro titiritero continuamente desmadrado en El teatro de Sabbath.
Porque el sexo sin tapujos ni fronteras de raza, condición ni edad, no sólo planea, sino que define la obra de Roth. Sexo como verdadera última frontera moral. Sexo arrebatado, como la tabla enmohecida del náufrago, como el último suspiro en el pantano, es lo que sirve de eje y timón a toda su intensa y rabiosa trayectoria. Un sexo explícito y desolado, febril y en huida, sin más avituallamiento que la caricia y el orgasmo. Un sexo jovial y macabro como refugio lo amarra y lo libera.
Y un sexo como excusa –ahí es donde duele- para disparar contra todo lo que le rodea: primero en la frente del mismo autor que se abre en carnes dentro de cada página. Pero luego contra todas las convenciones y condiciones que le obligan a hallar en sí mismo su propia razón de ser. Contra la familia, la religión, la patria del barrio (Nueva Jersey), los altares del saber, las jerarquías académicas, los alumnos pervertidos en unidades de vigilancia como anuncio de un negro futuro de cadenas mentales, la cansina y opresora hipocresía, la sombra del padre, la incierta pero palpable soledad. Pero en su caso, ya está hecho. Sólo queda hoy liberarse de prejuicios y lanzarse vorazmente a leerlo.
EL PAÍS






La suerte de traducir a Philip Roth




La suerte de traducir a Philip Roth

Trasladó al castellano parte de la obra del escritor estadounidense, a partir de 'Operación Shylock'


Ramón Buenaventura
23 de mayo de 2018



Traducir a Philip Roth fue un privilegio. Recuerdo como un verdadero festín las semanas que pasé trasladando al castellano la primera novela suya que me tocó, Operación Shylock. El placer de copiar su alta precisión lingüística, su osadía en la gestión de la gramática, su tono sostenido entre la distancia y el acercamiento pleno, su evidente búsqueda de la máxima eficacia expresiva y de la belleza (esa gran olvidada de las Letras, ya entonces, a mediados de los 90)... Si no fuera porque para explicarlo tendría que hablar más de mí que de él, diría incluso que toda mi carrera posterior, como traductor y como escritor, quedó marcada y orientada para siempre tras ese primer contacto profesional con uno de los novelistas mayores de un siglo que no ha sido precisamente escaso en grandes novelistas.


Luego se me amplió el privilegio y pude traducir al castellano otras muchas de sus novelas. Más lecciones, todas, más oportunidades de aprender a escribir y a novelar y a traducir. Las comparaciones entre grandes escritores siempre son absurdas (y a los malos más vale no compararlos), pero me atrevo a decir que en cuanto a dominio del idioma yo he tenido la suerte de trabajar con dos maestros extraordinarios: Anthony Burgess, que interpreta el inglés como una sinfonía de exuberancia incontenible, y Philip Roth, que lo interpreta como sentado al piano, entre la pausa exacta y el arrebato, mientras se ríe de la perfección. Un traductor no puede sino aprender cuando se engolfa en sus textos y trata de repetirlos en castellano, un idioma que no es mejor ni peor que cualquier otro, pero que desde luego no coincide con el inglés en el modo de utilizar los recursos lingüísticos. De hecho, este traductor recuerda como si los hubiera escrito él cada uno de los libros de Roth que ha traducido.

Es decir que estoy tan orgulloso de La contravida¸ o de Patrimonio, o de los cuatro Zuckerman, por ejemplo, como de cualquiera de mis textos.
Por otra parte, conviene señalar al lector de sus traducciones que Roth les otorgaba una importancia insólita entre los autores norteamericanos. No es frecuente que un escritor se gaste el dinero en pagar a un especialista que revise las versiones de su obra a otros idiomas. Desde España resulta muy difícil no equivocarse en la lectura de un novelista que ha convertido su judaísmo primigenio en un modo de ser norteamericano distinto y separado de casi todos los demás modos de ser norteamericano. A veces, las imágenes y parábolas de Roth nos exigen varias lecturas y no pocas consultas antes de darnos acceso a su significado. Y, claro está, en estas dificultades la ayuda del asesor es una verdadera bendición para el traductor. (He vivido otros casos en que el «asesor» era un amiguete incompetente del autor; pero dejemos eso ahora.)
Y luego estaba el béisbol, la gran afición de Roth, su gran coartada norteamericana, que pudo volverme loco en varios de sus libros. Capítulos enteros en que se narra jugada por jugada un partido de béisbol, es decir de un deporte cuya jerga ignora rigurosamente el traductor y difícilmente conocerá el lector de habla hispana (salvo en Cuba, Venezuela, Nicaragua…). Tremendo. Hubo días en que no logré traducir una incidencia completa.
Quedaré con la pena de no haber tenido nunca ningún contacto personal con Roth, ni siquiera un email ligerito. No era persona de muchos amigos; pero me habría encantado darle las gracias e incluso impacientarlo con mis explicaciones de todo lo que le debo y por qué se lo debo.
EL PAÍS






Philip Roth / El más grande



Philip Roth, “El novelista más dotado”

Notas sobre 'El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras'




Philip Roth dejó de escribir cuando le dio la gana, es decir, cuando ya no tenía ganas de escribir; consideraba que ya era hora, y ahora ya es pasado todo, ya es pasado también el Nobel que no le dieron, y su escritura está fijada en el tiempo como un estilete, o como una navaja, en la garganta de la humanidad conforme, en Estados Unidos y en cualquier parte. Martin Green, al principio de una recopilación de algunos de sus grandes textos, decía que era “el más dotado de los novelistas” de su época, que traducía “su inteligencia y sus sentimientos a los términos específicos de la ficción seria, con más firmeza que Bellow, más riqueza que Mailer, más paciencia y firmeza y gusto y tacto que cualquier otro”.
Y continuaba Green en ese libro de recopilaciones que todo eso que afirmaba tenía un soporte, el hecho de que el propio Roth, como escritor, era “un lector serio”. Muchos lectores serios hay por el mundo, y no todos son novelistas, y muchos novelistas, serios como él, son o han sido serios lectores, pero no todos han sido, además, visitantes de los colegas de los que aprendió y con los que, en cierta medida, compitió en vida. El otro regalo que deja Roth, aparte de sus novelas, es que él sí visitó las literaturas ajenas y dejó testimonio de ellas en revistas y en recopilaciones, como este libro que tengo ante mí y que tradujo para Seix Barral Ramón Buenaventura, el más asiduo visitante de su literatura: El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras (2003, en español).
Philip Roth (derecha), con Robert Lowell y Richard Ellmann en 1960 en Nueva York

En ese libro aparecen sus encuentros o entrevistas con maestros suyos, como Bernard Malamud o Saul Bellow; conversa con Milan Kundera o con Primo Levi, se encuentra en Jerusalén con Aaron Appelfeld, habla en Nueva York con Isaac Bashevis Singer acerca de Bruno Schultz, muestra sus cartas con Mary McCarthy y establece con Edna O´Brien, en Londres, un perfil que parece la entrada en la cueva de un alma.
En todos esos casos, el escritor que puso en pie el sentido del humor, la ironía descarnada de los judíos, y que hizo del sexo un argumento de los retratos de ficción, se pone el uniforme variado del periodista y le arranca el alma a sus interlocutores, como quiso hacer Rudyard Kipling cuando se encontró con su admirado Mark Twain.
Como periodista, el novelista más dotado de su generación, al decir de Martin Green, Roth utiliza las armas de su cultura literaria, de sus lecturas, pero no desdeña su propia escritura, para indagar en el método de las distintas literaturas a las que se enfrenta. Pero el novelista siempre lo asalta, le da argumentos para la descripción de los personajes, hasta alcanzar las cotas que el periodismo le debe a la literatura cuando aquel no se ajusta solo a las obligaciones de la superficie. Quizá en ese sentido la descripción que hace de Bernard Malamud es ejemplar para los que cultivan el oficio de retratar. Escribe Roth de su veterano colega: “El hombre de 46 años que conocí en casa de los Baker, en Monmouth, Oregon, en 1961, nunca me dio la impresión de haber podido escribir semejante texto [hablaba de textos recogidos en El barril mágico], ni ninguno parecido. A primera vista, y para alguien que, como yo, se ha criado entre agentes de seguros, Bern tenía toda la pinta de pertenecer a ese gremio: podría haber pasado por uno de los que trabajaban con mi padre en su sucursal de Metropolitan Life”.
Cuando va a Turín en busca de Primo Levi quiere ver antes la fábrica de pintura en la que prestaba sus servicios técnicos el hombre atormentado por los nazis; a Milan Kundera se lo encuentra en París y en Londres, en 1980, y esta es la primera pregunta que le hace al escritor menos locuaz del mundo: “¿Cree que llegará pronto la destrucción del mundo?” A lo que ese escritor de la risa, la levedad y el silencio le responde: “Depende de lo que entienda usted por pronto”.
Este libro es un tesoro que habla de Roth, no tan solo de sus colegas; en su manera de escuchar el sonido de los otros, del semblante que muestran o de las contradicciones entre sus obras y sus vidas, se pueden encontrar datos para el perfil de este hombre que, en estos casos, escucha como él escuchó a Primo Levi. Al describirlo, Roth parece mirarse en su propio espejo como novelista a tiempo completo y como periodista accidental: “Hay algo que no debería resultarnos tan sorprendente como en principio parece, y es que los escritores dividen al resto de la humanidad en dos categorías: los que escuchan y los que no escuchan”. Levi escuchaba, decía Roth, “con todo el rostro, una cara modelada con verdadera precisión”.
La cara de Roth era una piedra a medio hacer, un ser humano escuchando, un mago de la ficción escribiendo, una especie de puño asilvestrado que llevaba la boca fruncida como si al tiempo que escuchaba se guardara para sí lo que luego sería la escritura que se estaba callando. En este libro que seguramente se considerará accidental encontrarán un tesoro los que ahora busquen saber qué hizo a Philip Roth el novelista más dotado de su tiempo. Se hizo escuchando, entre otros, los latidos del oficio.